La silla de ruedas al desplazarse
crujía como bisagra oxidada. Dominaba de memoria el camino hacia la mesa, cuya
función consistía en
servir de comedor y, a la vez, de escritorio. Permanecía allí, como el único
mueble en la habitación. Sobre ella, un florero oriental conteniendo un ramo de
rosas blancas y un frutero con algunas peras y manzanas. La mezcla de olores en
la morada era agradable, aunque extraña.
La luz del candelabro, situado a un
costado, avivaba la penumbra de la sala. Revelaba en la pared sucia y
desquebrajada, el perfil del rostro de aquel hombre que, con sus manos
temblorosas y viejas, intentaba escribir una carta a su amada.
Luego,
el revólver en el cajón.
La
silla de ruedas se desplazó y crujió como bisagra oxidada. La mezcla de olores
en la habitación era agradable, aunque extraña: rosas blancas con algunas peras
y manzanas, pólvora y sangre.
Fin
Edgardo Benitez
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